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Presentación de “La Música de Las Emociones”, de Jordi Jauset (*)

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José Antonio Cabrera. ASSOPRESS 


¿Podemos imaginarnos ir de compras navideñas sin escuchar los villancicos? O, si somos deportistas, ¿hacer una sesión de spinning en silencio? O quizás, ¿ver una película sin banda sonora? Son situaciones distintas pero con un elemento común: la ausencia de música. ¿Qué ocurre con la música? Algo que parece tan sutil, etéreo, invisible, intangible, ¿por quénos afecta tanto? Esta pregunta también se la hacía Benedick, uno de los personajes de la obra de Shakespeare “Mucho ruido y pocas nueces”, mientras escuchaba el sonido de una gaita preguntándose: ¿No resulta extraño que los intestinos de la oveja arrebaten las almas de los cuerpos de los hombres?

Quizás el por qué, no tiene una única respuesta, pero sí existen varias teorías acerca de los diversos mecanismos, por los que la música es capaz de influirnos tanto, especialmente a nivel emocional.

Sin citar antiguas referencias de eruditos griegos (Platón, Aristóteles), quienes ya aludían a los efectos de la música en el estado de ánimo, Charles Darwin, en el siglo XIX en su obra La descendencia humana (1871), defendía que la música desempeñaba un papel clave en la generación de emociones susceptibles de conducir a la felicidad: «las notas musicales y el ritmo, fueron adquiridos por primera vez por los progenitores masculinos o femeninos de la humanidad, con el propósito de seducir al sexo opuesto».

Por su parte, David Huron (2001) explica que la música «puede contribuir a la solidaridad grupal, fomentar el altruismo, mejorar la eficacia de las acciones colectivas y coordinar el trabajo en grupo». Este efecto cohesivo nos permite comprender por qué la música se ha convertido en patrimonio cultural de numerosas civilizaciones de todo el mundo y por qué se considera que debería potenciarse.

El renombrado neurólogo argentino, afincado en Canadá, el profesor e investigador Robert Zatorre, uno de los mayores expertos mundiales sobre el proceso cerebral de la música, cita que “las respuestas que ofrecemos a la música dependen de distintas y complejas variables individuales, socioculturales, históricas, educativas y contextuales que pueden resultar difíciles de controlar”. 
 
En diversos estudios que efectuó conjuntamente con Anne J. Blood (2001) y mediante técnicas de Tomografía por Emisión de Positrones, (PTE) observaron las reacciones cerebrales derivadas de la escucha de música agradable o preferida y qué ocurría cuando se experimentaban “escalofríos musicales”. Sorprendentemente, hallaron que el patrón de actividad cerebral era similar al obtenido con otras emociones placenteras derivadas del consumo de cocaína en sujetos adictos a esta sustancia: se activaban regiones cerebrales relacionadas con el sistema de recompensa en las que estaban involucrados diversos
neurotransmisores, en particular la dopamina y otros opioides endógenos.

Según el neurocientífico Daniel Levitin (2009), otros factores desencadenantes de emociones son la creación de expectativas y la sorpresa. Cuando escuchamos música, algunas regiones cerebrales —como la corteza auditiva— extraen información acerca del tono, la sonoridad y otros componentes elementales de la música, mientras que regiones más avanzadas —principalmente en la corteza frontal— se encargan de predecir lo que viene a continuación en la obra musical, en base a nuestro conocimiento de la obra o experiencia musical. En función de lo que ocurra, si no es lo esperado, las emociones están servidas…

Dejando al margen los aspectos teóricos citados, casi todos hemos experimentado sus efectos, y en muchas ocasiones de forma inconsciente. No olvidemos que la música, información vibracional, está formada por una serie de impulsos nerviosos (potenciales de acción), que se propagan a través del sistema nervioso para su percepción y decodificación, en áreas específicas del cerebro (corticales y subcorticales). A lo largo de este recorrido ya se producen respuestas automáticas, no conscientes (sistema nervioso autónomo) que afectan, por ejemplo, a nuestras constantes fisiológicas, pudiendo derivarse determinadas respuestas.


¿Aceleramos el paso inconscientemente, mientras escuchamos una obra musical de elevadas pulsaciones por minuto? ¿Escuchar música a un elevado volumen, entorpece la toma de decisiones racionales y facilita acciones más impulsivas? …

Sea lo que fuere, la música nos emociona e influye en nuestras decisiones. El denominado marketing sensorial, conoce el poder e influencia de la música, con sus evidentes limitaciones, y nos expone a ella en multitud de situaciones, con el fin de proporcionarnos una sensación de bienestar, que pueda facilitar una mayor probabilidad de compra.

(*) Jordi A. Jauset, PhD

Autor de “Pero…¿qué le hace la música a mi cerebro?, Neuromarketing, consumo y branding”. (Letrame, 2020)
 

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