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Negacionistas y Libertad

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Por Adolfo Padrón Berriel

Se expande el pensamiento negacionista en relación a la pandemia y los vientos que lo diseminan juegan al despiste, como sabedores de que su fortaleza radica, precisamente, en ocultar su procedencia.

No es que sean muchos, pero empiezan a ser demasiados. Los huertos en los que germina son de lo más variados y, a priori, inimaginablemente vinculables en otros momentos y en otros contextos:

La ultraderecha internacional, con voceros como Trump, o Bolsonaro (autoerigidos en visionarios Mesías de “la verdad” edificada sobre fake news “de saldo y esquina” -que diría Sabina-), encuentra extraños aliados entre errantes “espiritualistas” (que reducen la existencia de la pandemia a una cuestión de fe); colectivos anti-vacunas (que obvian la muerte anual de miles de niños en África, por no disponer, precisamente, de miseras vacunas contra enfermedades como el sarampión); apóstoles de pseudo-ciencias (que, en demasiados casos, suelen disponer de particulares y suculentos negocios que atender, basados en la  farmacopea de la desesperación); profetas de la conspiración global (para los que todo lo que acontece es una demostración de que existe un  ensayo para el control masivo -como si ya no nos hubiésemos rendido a los encantos de toda suerte de artilugios, que conocen hasta lo que no sabemos de nosotros mismos, sin que a la mayoría de sus usuarios les importe un pimiento los fundamentos de su tecnología, las secuelas de su uso, o el precio en vidas humanas de los materiales con que se fabrican sus componentes-); …

La lista sigue creciendo y a ella se incorpora incluso algún artista que, sintiéndose abandonado por las musas, se abraza  a la tentación de convertirse en apasionado gurú de la secta de la queja. La cuestión es, como decía Wilde, “Que hablen de mí, aunque sea mal” (siempre y cuando no se trate de dónde tributo mis impuestos) y es que “Don Diablo se ha escapado y tú no sabes la que ha armado”.

Resulta fácil sentirse atraído, hasta sucumbir, por el canto de sirenas que se esconde tras una reivindicación de libertad, que tiene más de enganche a costumbres y comodidades, que de reivindicación reflexiva, profunda y comprometida. Una sociedad con décadas de educación basada en el individualismo más salvaje, donde poco importa qué le ocurre a los demás y tiene demasiado peso la búsqueda de la satisfacción personal inmediata, llega a familiarizarse con un concepto autocomplaciente de la vida y a concebir la misma como una suerte de parque de atracciones, a 24 horas, en el que amontonar experiencias hedonistas con las que sacar el máximo partido al precio de la entrada.

Confundir felicidad y comodidad es “un signo de estos tiempos”, e identificar “libertad” con hacer lo que nos plazca  (aquello que nos pida el cuerpo y que nos permita la Visa, aunque el mundo se desmorone -o precisamente por ello, que no hay mejor excusa-), es el fundamento filosófico imperante (el corolario desde el que se justifica la perpetuación de una “normalidad” que destruye el planeta al tiempo que somete a la mayoría de su población a cuotas de sufrimiento y desigualdad éticamente inaceptables).

Un minúsculo “bichito”, ajeno a nuestras diatribas,  ha venido a poner patas arriba nuestro desordenado orden, sus reglas y las costumbres inoculadas (esas que asumimos como la “normalidad” perdida). El bichito va a lo suyo y, en su particular estrategia por lograr la propia superviviencia y haciendo lo que sabe hacer y que tan buenos resultados le ha dado a lo largo de los tiempos, se dedica a infectar las células de sus pontenciales hospedantes (en busca de aquellos sintetizadores de proteínas de los que carece, para garantizar así su reproducción).   Nuestra respuesta natural y en tanto encontramos los remedios efectivos y seguros capaces de evitar, o al menos minimizar, sus efectos (ya hemos visto de qué es capaz y quién sabe lo que puede quedar por ver), debería ser la de “implicarnos” en frenar el avance de su contagio. ¿Dije natural? Parece lo mismo que hablar de sentido común, ¿verdad? ( siempre mucho menos común de lo que cabría esperar).

Hay algo muy extraño en este conglomerado: una mezcla muy poco usual de motivaciones, pero con mantras tan similares que el resultado de su concentración viene a dar sentido a aquello de “Dios los cría y ellos se juntan”. De seguro que existe buena fe en muchas de las personas que se apuntan a la ola, pero con demasiada frecuencia  la fe no es sino la facilona construcción mental que nos permite aferrarnos a la comodidad de una existencia irreflexiva.

La defensa de la “libertad” (curiosamente con la ultraderecha como vehemente adalid), centrada en la idea de que debemos revelarnos frente al “fastidio” que acarrea toda norma que nos pueda  arrebatar “confort”, se muestra antagónica a esa otra concepción que concibe la Libertad como un ejercicio responsable y empático del derecho a decidir: haciéndonos cargo de lo que acontece y aportando nuestra ”ayuda” al desarrollo de salidas colectivas -y, por tanto, solidarias-.

¿Quiénes están siendo manipulados: quienes ven sensato asumir algunas sencillas reglas en pro del bien común, o quienes dan por cierta la teoría de la conspiración global para controlarnos y arrebatarnos libertades? Curiosamente los segundos no se muestran igualmente preocupados por cómo transformar (buscar alternativas) al modelo de desarrollo socio-económico que nos ha traído hasta aquí; no parece quitarles el sueño el lucrativo sistema de atención a nuestros mayores y que tantas víctimas mortales ha regalado al virus en muchas -demasiadas- residencias; no va con ellos y ellas que 40 millones de personas en Latino-América se hayan visto arrastradas a la hambruna, o que más de 400 millones, en el mundo, hayan perdido su empleo… Todos los daños son colaterales y “casullo, casullo, cada uno con lo suyo” o, mejor y más fácilmente encajable: “Todo es mentira”.

No tengo certezas, pero sí tengo la profunda intuición de que “esto” no pinta nada, pero que nada bien, si no empezamos a poner en valor la pedagogía frente a la cultura del miedo y el llamamiento a la implicación consciente y responsable frente al señalamiento. Hacernos partícipes, individual y socialmente, de la búsqueda de soluciones (aunque resulten incómodas y fastidiosas) o entregarnos a las garras de los adoradores del caos.  Las administraciones y los medios de comunicación, tienen un papel nada despreciable en esta decisión que marca la diferencia entre una sociedad madura y propositiva, u otra instalada en la cultura de la queja, el ombliguismo y el sálvese quien pueda. ¿Qué tal si empezamos?

 

“Hemos pronunciado no sé cuántos millones de veces la palabra libertad, pero no sabemos lo que es, porque no la hemos vivido, y la estamos interpretando como permisividad”.

José Saramago

 

Adolfo Padrón Berriel.  21 de agosto de 2020

 

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