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Los robots sustituirán los puestos de trabajo de cualificación media

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Los trabajos de alta y baja cualificación no se verán tan afectados
La introducción de la robótica tendrá efectos positivos en la productividad de las empresas que innoven
Los adelantos tecnológicos y la introducción de mejoras que faciliten el desarrollo serán, sin duda, aliados de las empresas. Sin embargo, con la aparición de la segunda oleada tecnológica –con la irrupción de la robótica y la inteligencia artificial‒ hay todo un debate para ver si tendrá efectos directos sobre la productividad y el trabajo de las pymes en España. Según apunta el profesor de los Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) Joan Torrent, en el estudio Conocimiento, robótica y productividad en la PYME industrial catalana: evidencia empírica multidimensional, tendrá un efecto positivo asegurado en las empresas que tengan desarrollada toda la parte relacionada con la investigación y la innovación; también en las que ya hayan incorporado las novedades de la primera oleada tecnológica.
El estudio se ha publicado en el III Congreso de Economía y Empresa de Cataluña y se ha hecho con datos de panel para unas 250 pymes industriales en el periodo 2002-2014 y utilizando una metodología de modelos de ecuaciones estructurales. También ha contado con la colaboración del profesor del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) Ángel Díaz.

«Si la robótica entra en una empresa en la que los flujos de conocimiento son abundantes, hay efectos positivos sobre la productividad», apunta Torrent, que recuerda que si no existen estos flujos, no se producirá el efecto positivo. Por este motivo, en el estudio advierte de que la política pública relacionada con la segunda oleada no se tiene que centrar en subvencionar la compra de robots, sino en potenciar los flujos de conocimiento. «Tienen que ser políticas industriales completas», reivindica Torrent, que considera que existe una «necesidad urgente de capacitación de la gente que está en el mercado de trabajo para interactuar con la segunda oleada». En este sentido, el estudio defiende que la Administración ha de tener muy en cuenta las políticas de empleo, puesto que todas estas actividades son «intensivas en conocimiento» y, por lo tanto, necesitan una inversión muy alta en capital humano.

El caso es que la preocupación por el futuro del trabajo es un tema recurrente cada vez que se pone de manifiesto un proceso de cambio disruptivo en la tecnología. El estudio de Torrent defiende que el análisis económico ha evidenciado que la tecnología no destruye el trabajo, sino que sesga habilidades y destrezas, y desplaza tareas, trabajos, empleos y personas. «Nunca se habían sesgado habilidades tan deprisa», apunta el profesor, que cree que debemos preguntarnos qué pasará con el tejido productivo de Cataluña y del resto de España, formado mayoritariamente por pymes.

Según el estudio, en general y a largo plazo, las consecuencias de estas oleadas tecnológicas sobre el trabajo suelen ser positivas porque se vinculan con incrementos de la productividad, nueva actividad económica, más empleo y mejoras salariales para las personas que trabajan en las empresas o en los sectores de actividad vinculados con la innovación tecnológica. Además ‒añade‒, estos efectos positivos suelen compensar en el largo plazo los efectos de sustitución del trabajo si las empresas, especialmente por medio de sus políticas de recursos humanos, actúan en forma de políticas activas, que forman y recapacitan a las personas desplazadas.

Sin embargo ‒continúa Torrent‒, esta forma general de interacción de la tecnología con el trabajo ha quedado cuestionada con la reciente oleada digital. Ante esto, el estudio apunta que para algunos autores, el ritmo de sustitución del trabajo humano por parte de los robots será tan rápido que difícilmente se podrá compensar por la vía habitual de aumentos de la demanda y la productividad. En cambio, otros autores defienden justo lo contrario y enmarcan la dinámica actual en el contexto de las interacciones tradicionales entre tecnología y trabajo.

Ante  estos temores, el autor enumera las teorías de los autores más optimistas, que opinan que «aunque los ordenadores y los robots han asumido tareas vinculadas con el trabajo de oficina, también han proliferado puestos de trabajo que requieren importantes dosis de creatividad y habilidades para la resolución de problemas». «Estos nuevos puestos de trabajo vinculados con la innovación crecen en todo el mundo», recuerda Torrent. En paralelo con el crecimiento de los puestos de trabajo de elevada calificación, el estudio apunta que los trabajos de baja calificación también han aumentado para el conjunto de tareas que son difíciles de automatizar, como algunas de las tareas que realizan los empleados de la restauración, conserjes o tareas del hogar.

Ante tantas incertidumbres, Torrent concluye que «no existe evidencia que demuestre que la revolución digital haya acabado reduciendo la demanda global de trabajo, más bien todo lo contrario». «Incluso, los sectores tecnológicamente menos avanzados de la economía, como algunos sectores públicos, o algunas dimensiones empresariales menos proclives a la digitalización, como las pymes, continúan creando puestos de trabajo sobre la base de la revolución digital», reivindica el autor.

Como conclusión, Torrent reconoce que los riesgos de pérdida de puestos de trabajo y aumento de la desigualdad en toda España «son evidentes si la balanza de la utilización de la robótica se decanta hacia la sustitución del trabajo». Por este motivo, considera que «una nueva orientación estratégica de los recursos humanos hacia la incorporación de la nueva oleada tecnológica, y unos nuevos sistemas y prácticas de gestión para capacitar y desarrollar los empleados en el contexto de la corobótica parecen inevitables».


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