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Aborígenes de Gran Canaria gestionaban la muerte de sus finados a través de tres paisajes funerarios: de cuevas, túmulos y cistas

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Los aborígenes de Gran Canaria gestionaban la muerte de sus finados con la creación de tres tipos de paisajes funerarios que cambiaron a través del tiempo a tenor de los modos de vida de cada época, así que legaron las cuevas de Guayadeque, los túmulos de Arteara y las cistas del Agujero en Gáldar.

Este es uno de los aprendizajes de la quinta visita virtual del Cabildo en la que casi 200 hogares se conectaron para realizar un viaje de mil años y conocer el Patrimonio de Muerte de Gran Canaria.
Los aborígenes de Gran Canaria a través de la gestión de la muerte garantizaban la reproducción social de normas, comportamientos y lugares relacionados con la diversidad de la práctica sepulcral, pues los muertos seguían siendo parte de su sociedad, solo que al morir se convertían en antepasados.

La isotermia para los finados

El cementerio de los canarios en Guayadeque fue la primera parada, los arqueólogos han encontrado a ocho metros de altura los restos de alrededor de cien personas y en este entorno la población tuvo una íntima relación con sus finados, ya que las cuevas naturales no solo eran viviendas, también eran espacios para alojar a los muertos.

La primera ocupación de este Barranco data del siglo II restos de personas en las cuevas sin distinción de edad y sexo.

La conservación tanto de huesos, como de fibras vegetales o de pieles de animales, se debe a la isotermia de las cuevas, que con su temperatura constante hace que parezcan cálidas en los inviernos y frescas en los veranos, pero lo cierto es que su temperatura es constante, lo que las hace idóneas también para vivir.

Los arqueólogos estudian las hipótesis de que en ese momento, la sociedad de los antiguos grancanarios primaba lo colectivo frente a lo individual, y también que estos entornos fueron diseñados para ser utilizados durante largo tiempo. Resulta muy interesante que pese a su antigüedad continúen proporcionando valiosa información.

El malpaís y la muerte

La segunda parada fue en la necrópolis de Arteara, que dispone de un millar de túmulos que los aborígenes construyeron entre los siglos VII y XI sobre un malpaís enmarcado en una pared perimetral de 60 centímetros de altura.

El túmulo es un amontonamiento ordenado de piedras a modo de torre, tiene diferentes tamaños y solo acoge a un cadáver, en ese momento comienza a primar las distinciones sociales, es decir, lo individual frente a lo colectivo.

 

Pues en el cementerio, los aborígenes asignan lugares especiales a los túmulos que tienen mayor tamaño.

Otra diferencia es que los aborígenes ya no conviven con sus finados como en el caso de Guayadeque, sino que buscan un entorno para convertirlo en cementerio, en este entorno los cadáveres no se conservan como en las cuevas, y hay hombre y mujeres, pero no hay recién nacidos o infantes.

La costa y los finados

La tercera y última parada fue en El Agujero, en Gáldar, en un cementerio de cistas, que son construcciones de piedra seca en un agujero en la tierra para depositar los cadáveres. Este tipo de cementerios están muy próximos a los poblados costeros que tienen acceso a los recursos marinos. Y en ese momento ocurren también cambios económicos, sociales y culturales, y se lleva a cabo la transición de la agricultura a la pesca y el marisqueo.

Los aborígenes de esta zona le dan un tratamiento individual a los cadáveres y se puede hablar de monumentos funerarios que reivindican el orden social en vida, si en ella había desigualdades se trasladan al cementerio, de ahí la diferencias de ubicación de las cistas.

 

En este entorno se han encontrado más hombres que mujeres, lo que los arqueólogos asocian a una posición privilegiada de los varones en la época.

La similitud en los tres tipos de paisajes funerarios, tanto en las cuevas, túmulos como en las cistas, es la posición de los cuerpos, todos están boca arriba, atados de muñecas y rodillas, y envueltos con fibras vegetales.

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