Opinión

8 Hermanas por Amalia Fajardo

8:00 de la mañana: las 8 hermanas se levantan, cada una en su rincón.  Separadas por el eterno (o no tan eterno) frío mantón azul.

Se quitan  la calima de los ojos para, seguidamente,  darse la mano todas, como siempre. Las dos mayores por delante,  cogen a las otras  restantes, que suspiran por detrás: “Nosotras nunca vamos delante”, le dice una pequeña o otra.
– ¡Shhh, a callar! – levanta la voz imponente una de las mayores.

– De Shh nada..¡Ya creceremos!- le responde una de las menores

Es una tradición, cada 4 años las 8 hermanas deciden quién las va a cuidar, aunque muy pocas veces las cuidan como les habían prometido.
Ellas saben que son días. Días de palabras. Palabras que cada día se creen menos.

– Ojalá que las palabras prometedoras y de esperanza tuvieran una sanción. Una sanción por las promesas incumplidas. Una sanción  que vaya directamente encajada a la partida de las pensiones, la sanidad, la educación pública o al fomento de la actividad laboral juvenil.  Seguro que entonces a las campañas políticas y a los políticos no les quedaría otra que prometer y cumplir. O si no, que todo el dinero de sus campañas vaya destinado al bien común y no a “cartelería”, afirma una de las hermana.

– Suena bien – le dice otra.

– Ay! me pica este cartel – dice una de las hermanas menores a la mayor que tiene al lado.

– ¿Cuál  es?

–  Es verde, pero no de 7 estrellas. Es un verde prehistórico y está pegado con la gotita, encima lo pegaron en “Reserva de la Biosfera”.

– ¡Pero eso no se puede!

– Claro que sí, ahora sí se puede… cuando estaba mi hijo César, ésto no pasaba, “veintipico” años dan para hacer muchos disparates. Es que ya no tengo hijos que me cuiden así. A veces, pienso que les da igual mi piel.

– Pues, si te pica ese cartel,  arráncalo de raíz, porque los picores nunca van a menos y terminan siendo cicatrices en la piel.

– Bueno ¿y a quién le vamos a votar? – interrumpe la hermana más alta.

– Tendremos que votar todas juntas, ¿no? Que ya vivimos demasiado separadas el mar.

– Yo creo que le debemos votar a quien recuerde que no puedo estar dependiendo cada vez que tengo estos dolores horribles de ir a casa de mi hermana la mayor a que me curen ¡Qué es un pateo! porque, en mi casa, como soy menor, no me pueden atender en condiciones. Y ya se sabe que Isla menor es desconexión.

– La mayor interrumpe:  “Sí, además, yo tampoco doy abasto en mi casa, tengo todas las plantas colapsadas y es cargar con los mío y con lo de ustedes. Así que también hay que votarle a quien nos deje un botiquín en condiciones en cada casa”.

– Yo le voy a votar a quien tenga el feminismo como bandera.

– ¡Pero si ya casi no hay machismo, muchacha, eso era antes, ese tema ya está controlado!

– De controlado nada! Que los volcanes siguen llorando sangre.

– Yo quiero votarle a quien me tenga limpita y aseada, porque con  los millones de visitas que recibo cada año, que vienen por cuatro perras, desayunan, almuerzan, cenan, dejan todo tirado y se van… es que me tienen la casa patas arriba.

– Como a todas, hermana – bueno, a unas más que a otras.

– ¿Y de la precariedad de nuestros jóvenes? ¿Qué me dicen?

– Mira, yo soy madre de volcanes y siguen sin poder irse de casa, porque con lo que les pagan no les da para alquilar y poder independizarse. Y encima el alquiler está por las nubes. Es imposible…!!

– Pues yo tengo a “mis dunas” de falsas autónomas en una empresa… ¡vaya una cara!  No les da ni para “un baldito” para hacer castillos.”

– Si, yo creo que toda esa juventud vive deprimida.  Entrando y saliendo de nuevos trabajos sin conocer la estabilidad.  En un eterno devenir entre explotación y explotación.

Porque una se cansa de que la maltraten y se intenten aprovechar de la situación bajo el lema “da gracias a que te estoy dando un empleo” y lo otro que les escucho es:  “Para como están las cosas, 900 euros está de lujo”… y claro, ell@s saben que con 900 euros da, pero para malvivir.

– Además -interrumpe otra hermana – a esa generación la engañaron, le juraron que si estudiaba y se esforzaba, tendría un empleo, como mínimo de lo que había estudiado.

– En mi casa, hoy en día, pocos camareros no tienen un máster (pero de los de verdad eh, de los de ir a clase).

– Sí y algunos coleccionando carreras bajo el techo de sus padres…

– Ayyy dios.. ¡Qué injusto! Por eso hay que votar “con cabeza”.

– Y yo encima tengo en casa a “padre”, que también está explotado… dice que el teleférico ya no da para llenar la nevera… que los que van no dejan nada, bueno sí, un manto de basura, como en las playas”.

– ¡Ay mis pobres playas! Ya no hay conchas, ahora hay plásticos.

– Hablando de padres, ¿y qué me dicen de la pensión de madre? ¡A vender quesadillas y rapaduras después de vieja para ahorrar! según alguno, también corre peligro…

– Y hablando de peligro,

por cierto, cuántas pateras les llegaron a ustedes este año…?

– Buff…¡ni las cuento! muchas me recuerdan a cuando nos tocó irnos a casa de nuestras tías Cuba y Venezuela …”

– Claro, es que al final…no se va… no se va…el infierno no se va, solo cambia de lugar”

– Oigan ¿y ustedes sabían la cantidad de perras que se devuelven a Europa y a Madrid? ¡qué me dicen! Que eso nos daba para tapar alguna parra…”

– Bueno… sea como sea, votemos “con cabeza.”

Y las hermanas fueron e intentaron  votar. Pero como no tenían ni voz ni voto, nadie las entendió. Entonces le confiaron sus papeletas a tod@s sus hijos e hijas. Y les dijeron en su idioma:

“Canarias no es de nadie. No es una sola ideología, ni una bandera.  Tampoco es de un color determinado. Canarias no es un carnet de descuento. Canarias solo le pertenece al mar. A NADIE MÁS. Por eso, el domingo, vota lo que sea mejor para ella. PORQUE ELLA NO TIENE VOZ. Vota lo que votarían sus playas o el susurro del alisio. Vota para que su gente tenga una mejor calidad de vida. Vota para que sus calles estén vivas. Pero sobre todo, vota por lo que te diría su alma, César Manrique, vota para que sea un territorio sostenible, un territorio que atraiga a un turismo de calidad y donde su gente goce de una buena calidad de vida.

Amalia M. Fajardo.  22 de mayo de 2019.



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